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¿Una historia que se repite?

Supongamos que disponemos de una tecnología capaz de cambiar para bien el mundo que conocemos, capaz de proporcionar energía y otros bienes relacionados con ella a un precio reducido, siendo más abundante y disponible que las que se utilizan actualmente.

Supongamos que esta tecnología es revolucionaria, tanto en términos económicos como en términos de utilización de los recursos naturales y medioambientales.

Supongamos que estemos a 10-15 años en I+D+I y que, por tanto, el plazo de implantación de esta tecnología esté más allá de un periodo político, ciclo político o ciclo de amortización de bienes de capital habituales. Incluso puede ocurrir que esté fuera del plazo vital y académico de muchos de los científicos o técnicos que trabajen en el proyecto. Supongamos también que se trabaja con incertidumbre, sobre el volumen del esfuerzo inversor necesario, ya que muchos de sus aspectos son novedosos o, incluso, debido a que se esconden o ignoran los avances ya realizados.

Supongamos que tenemos un estado de opinión pública hipersensibilizado y, en general, aterrado con una tecnología anterior ya implantada y muy relacionada con ésta, de tal manera que ambas se confunden, lo que hace que los medios de comunicación, temiendo perder audiencias, prefieran posicionarse en contra de ella o no involucrarse.

Supongamos que existe un gran ruido mediático que impide que nos ocupemos de cosas realmente relevantes e importantes y que, por el contrario, prestemos más atención a otras cuestiones más acuciantes y/o vanales, pero que nos son más útiles a corto plazo. Incluso este estado de opinión también se extiende a otros ámbitos como el académico, y como consecuencia, se impide discriminar adecuadamente lo que es ciencia de lo que son creencias con apariencia de ciencia pero sin bases científicas sólidas.

Supongamos que el sector de la energía está muy conforme con mantener el status quo actual y las formas de energía que usamos actualmente, como el petróleo, el gas, el carbón o incluso con matices la energía nuclear clásica, ignorando el gran daño ambiental que la utilización de las tecnologías actuales de la energía provoca, aunque sea a largo plazo, y ocultando el coste real de ese deterioro medioambiental, no trasladado a los precios de la producción que lo genera.

Si juntamos todo esto, nos encontramos, precisamente, con la situación actual de la tecnología del torio. Y como resultado de lo anterior podemos considerar que se ha generado un círculo vicioso que parece que nuestra civilización actual no es capaz de romper:

  1. El ruido mediático desvía la atención: Debido al estado de opinión reinante, pocas personas acceden al conocimiento de esta tecnología, o son capaces de entender el mensaje y valorar adecuadamente su relevancia.
  2. La falta de atención favorece los prejuicios: Muy pocos de los que acceden al conocimiento de la existencia de esta tecnología revolucionaria van a confiar en el mismo, es decir, le van a dar la credibilidad e importancia que merece.
  3. Los prejuicios restan posibilidades de financiación: De los pocos que le dan credibilidad, poquísimos van a hacer algo por divulgarlo o invertir en promocionar activamente esta tecnología. En estas condiciones, lograr financiación para un proyecto como éste será una proeza y más en las actuales circunstancias de estrechez económica.
  4. La falta de financiación dilata los plazos de desarrollo: En general, la investigación sobre esta materia está claramente infrafinanciada, lo que provoca que una I+D+i que podría estar lista en 15 años, o incluso en 5 años con un grado de financiación importante (como el que recibió, por ejemplo, la llegada del hombre a la luna en los años 60) se dilate a plazos de 30 años o más con el bajo nivel de esfuerzo financiero actual.
  5. Los plazos del proyecto y el proyecto mismo superan a los actores de decisión: Los políticos, en general, tienen otras prioridades, actúan a corto plazo y muchos de ellos son simplemente ignorantes en cuestiones científicas. Difícilmente se van a implicar para dar apoyo público para esta labor, a pesar de las ventajas evidentes que pueden obtenerse para la sociedad en el largo plazo. Sólo unos pocos parecieron entender las implicaciones de este desarrollo en Estados Unidos en los años 60 y hoy en la China actual.
  6. Los costes del proyecto y los intereses particulares alejan la inversión privada: Los fondos de capital no invierten en tecnologías con retornos a la inversión tan a largo plazo aunque, curiosamente no les importa financiar con bonos a 10 e incluso a 30 años a gobiernos que derrochan el dinero público en cosas improductivas, como subvencionar industrias obsoletas y contaminantes, u organizar guerras estériles por mantener el control de un petróleo que perdería peso en la economía tras desplegar esta nueva tecnología energética. Porque lo  paradójico del cortoplacismo y los intereses espúreos que mueven a quienes toman las decisiones es tal que, sólo si se hubiera destinado el 1% de lo gastado en la guerra de Irak y Afganistán, al desarrollo de esta tecnología, desde que se inició esa guerra, se habría reducido considerablemente el interés estratégico por controlar la región y los primeros reactores estarían ya casi disponibles…

Y así, una vez más, seremos sólo humanos tropezando siempre con las mismas piedras. Porque en definitiva, esto no es nada nuevo en la historia de la humanidad, que está llena de casos como éste.

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Un ejemplo paradigmático fue la incapacidad en tiempos del Imperio Romano de adoptar y poner en práctica la fuente de Herón,  una tecnología descubierta en el siglo I d.c , que usaba el vapor para proporcionar movimiento mecánico. Es decir, despreciaron el desarrollar una máquina de vapor, ya entonces a su alcance,  útil para sustituir el esfuerzo humano o animal. Algunos autores incluso sostienen que esta incapacidad para evolucionar, unida a otros muchos acontecimientos, como el colapso del sistema de producción esclavista y su paulatina sustitución por la servidumbre, llevaron al Imperio Romano a su decadencia y, por último, a su desaparición…

La buena noticia es que la historia también nos demuestra que al final la razón acaba por imponerse. Podemos tardar 15, 30, 60, o 200 años, pero la energía del torio, si no se descubre otra fuente de energía mejor ( y de momento ni se ha hecho ni tiene pinta de hacerse), es algo que se utilizará tarde o temprano y que cambiará de forma determinante el modo de vida de la humanidad, de la misma forma que la combustión de la madera, el carbón o el petróleo lo hicieron en el pasado.  Eso sí, confiemos que no haya que esperar 1.600 años como con la  máquina de vapor… ¿Vamos a hacer algo ya, o vamos a esperar a que lo hagan nuestros nietos, cuando el cambio climático y la escasez de otros recursos hayan conseguido hacer de este planeta un páramo yermo?.

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